Mi amiga Magui

 

Por Julia Gutiérrez Megido (1ºESO)

Concurso literario (2007)

1º premio. Narración Corta Nivel I

 

         Lola es una chica de trece años, morena con unos bonitos ojos azules, bajita y un poco rellenita.

            Hace apenas dos meses que ha venido a vivir a esta ciudad de Oviedo. Toda su vida desde que ella tiene recuerdos ha vivido en más de siete ciudades distintas. La razón de tantos cambios es el trabajo de su padre, un loco enamorado de la investigación y la ciencia que va de Universidad en Universidad y ahora por fin dice que aquí se quedarán para siempre, que ya está cansado de viajar y que Oviedo es una bonita ciudad para quedarse y donde nacerá su hermanita.

            A Lola no le disgustó la idea de cambiar de ciudad, pensó que era una buena solución a sus problemas de soledad y que por fin conseguiría tener algunas amigas.

            Ya habían pasado dos largos meses, Lola comenzó las clases en un bonito instituto, y aún no consiguió que ninguno de sus compañeros se fijara en ella.

            Su nuevo instituto está al final de una larga y pendiente avenida, con anchas aceras y a un lado y a otro de éstas, unas bonitas jardineras con flores de distintos colores y muchas farolas.

            Cuando Lola vió su nuevo instituto le pareció el mejor del mundo, su aula tenía unos grandes ventanales desde dónde divisaba una cadena de montañas escarpadas que cogidas de la mano parecían proteger el instituto como si de un fuerte se tratara.

            Tenía grandes patios donde practicar varios deportes y en una pequeña cuesta, rodeada por árboles, un poco de pradera, con un banco que le servía de refugio en los recreos.

            Pensó, éste es un buen sitio para vivir y conocer nuevos amigos, creo que aquí seré muy feliz.

            Pero el tiempo le volvió a hacer sentir de nuevo que su destino era estar sola. Algunos profesores se habían dado cuenta de su aislamiento y habían intentado meterla en grupos  con chicos tímidos como ella para hacer trabajos en grupo, pero esto tampoco parecía dar buenos resultados.

            Lola no tenía problemas con los estudios,  sus notas no eran las mejores, aunque no estaban mal.

            Su madre todos los días al despedirse por la mañana de Lola la animaba.

            -Lola, hoy seguro que conocerás alguna amiga, hija, es cuestión de días, ¡ánimo!

            Lola no quería disgustar a su madre, le sonreía para que ella no sufriese, pero sabía que ese día sería igual que el anterior y que el siguiente, nadie se fijaría en ella, y los recreos serían igual de aburridos.

            A poquitos metros del instituto había un pequeño parque donde cada día al salir de clase esperaba a su padre para volver a casa; uno de estos días mientras esperaba le ocurrió algo fantástico,

            -¡ Por favor niña, me estás aplastando!

            Lola extrañada miró a su alrededor, no vió a nadie, pero una suave vocecilla casi sin fuerza volvió a repetir,

            -¡Por favor niña, no me aplastes!.

            Lola, asustada, volvió sus ojos hacia el suelo de dónde venía la voz, y ¡sorpresa! Una pequeñita hormiga miraba para ella.

            -¡Sí, soy una hormiga! No me pises.

            -¡No puede ser! ¡Estoy chiflada! Las hormigas no hablan

            -¡No es verdad! Hablamos a quien quiere oírnos.

            Lola habló como una descosida con la hormiga, y ésta le contó que estaba recogiendo migas de pan de los bocadillos de los niños que jugaban en el parque, pues estaba almacenando alimentos para el invierno.

            ¡Lola! ¡Lola! ¿qué haces hija?, ¿estás sorda? Te llevo llamando hace rato.

            Lola se despidió de su amiga la hormiga y quedaron en volver a verse al día siguiente.

            Llega a casa emocionada, feliz y contenta, no podía creer lo que le estaba ocurriendo.

            -¡Lola! Te veo feliz, ¿tienes una amiga?

            -Sí, mamá, tengo la mejor amiga.

            Lola no contó  a su madre que la amiga era una hormiga, pués no la creería y pensó ¡será mi secreto!.

            Lola apenas durmió aquella noche, la emoción la embargaba, ¡una amiga!, no se lo podía creer, tenía ganas de que llegara la hora de salir de clase para ver a su amiga, la llamaría Magui, después de darle muchas vueltas a la cabeza, Magui era un nombre bonito para una hormiga amiga.

            Al despedirse de su madre por la mañana, Lola radiaba alegría, su madre la miró,

            -¡Me alegro de que seas tan feliz! Cuando quieras traes a tu amiguita a casa.

            -¡Ja! ¡ja! ¡ja!, seguro que sí mamá, te va a encantar.

            La mañana en el instituto transcurría despacio, Lola no podía estar atenta a las explicaciones de los profesores, el profesor de tecnología le llamó la atención varias veces.

            -Lola, ¿Qué te ocurre? ¿en qué estás pensando? ¿te encuentras bien?

            Sus compañeros miraban hacia ella extrañados, pero a Lola solo le importaba la hora de salir. Cuando el timbre sonó indicando el fin de las clases, Lola cogió su mochila y se fue corriendo sorteando a sus compañeros por los pasillos.

            Llegó al parque sudando y fatigada, mirando al suelo en busca de Magui y allí estaba, era inconfundible, Magui la miraba con unos pequeñitos ojos negros, se saludaron y las dos comenzaron a hablar como cotorras.

            Así continuaron durante días, semanas viéndose después de clase y las mañanas de los sábados y domingos cuando Lola podía.

            Magui le cuenta cómo es la vida en el hormiguero, le dice que las hormigas son insectos himenópteros, que viven en colonias y que tienen una reina y muchas obreras, Lola escucha a Magui con gran interés .

            -La mayoría de las hormigas que ves son obreras, yo soy una de ellas y todas somos hembras.

            -¡Sólo hembras! Dice Lola asombrada    

            -No, también hay machos, pero éstos una vez que se aparean viven muy poquito.Todos en el hormiguero tenemos una función, tratamos de ser amigos unos de otros.

            Lola por su parte, le cuenta sus problemas de soledad, Magui no comprende qué es la soledad,

            -¿No hay más chicas como tú?

            -Sí, hay muchas y pasamos muchas horas juntas en clase, pero yo para ellas soy una hormiguita, no me ven ni me escuchan.

            Magui siente pena por su amiga y la consuela.

            Lola, apasionada por el mundo de las hormigas busca información en todos los libros que encuentra y descubre la página www.amigoshormigas.com donde conoce a más chicos que sienten pasión por el mundo de las hormigas como ella.

            Aprovechando que la profesora de naturales les había mandado hacer un trabajo sobre los invertebrados, Lola aprovechó todo su saber sobre las hormigas e hizo una exposición sobre el tema amena e interesante.

            Su profesora y compañeros la felicitaron y tres chicas llamadas, Clara, Bea y María la invitaron a participar con ellas en un nuevo trabajo.

            La vida de Lola estaba cambiando, durante las horas de clase participaba en todos los temas y sus amigos de la página Web, le proponían proyectos , reuniones, su vida social estaba empezando a estar muy activa.

            Una bonita mañana del mes de Mayo Lola encontró a su amiga Magui muy apagada,

            -¡Amiga! Mi vida se termina, ya he llenado el almacén de mi hormiguero y descansaré en la tierra para siempre.

            Lola, con lágrimas en los ojos, acaricia a Magui en su pequeña cabeza.

            -¡Lo sé Magui! No se que haré sin ti.

            -No llores Lola, no estás sola, hay muchas Maguis, no olvides tener siempre tus orejas listas para oír todo lo que te rodea.

            Magui cerró sus diminutos ojos en la mano de Lola y ésta después de acariciarla un rato la llevó a la esquina del parque dónde las margaritas estaban sacando su cabeza.

            Lola no olvidará nunca a Magui, pero aunque alguna vez sienta que está sola abre mucho sus orejas y escucha las voces que hay a su alrededor.

           

           


 

 

Futuro conquistado

 

Por Héctor Rodríguez Campo (2ºESO)

Concurso literario (2007)

2º premio. Narración Corta Nivel I

29 de Junio de 2092 --- Periódico “The New Tamesis”

 

Nueva crónica encontrada   cerca del Museo Británico, durante la restauración de una de sus alas laterales. La crónica data del año 929 y se encuentra completa. Gracias a los análisis y a las pruebas químicas realizadas se ha logrado recuperar todo su contenido. Al parecer pertenecía a un gran general del ejército franco que escondió en los calabozos de Carlos Martel. Un ladrón saqueó los escombros y la transportó al actual Londres con esperanzas de sacar algún beneficio. Al parecer, no logró los resultados esperados y debió de perderla. Algún monje o noble descubriría la crónica y la guardaría por otros tantos años. El noble la enterró junto a su tumba, porque le tenía aprecio. Y se conservó gracias a algunas reacciones químicas que comportaron un milagro de la naturaleza. Aquí les mostramos el contenido de la crónica:

 

El sol comenzaba a descender lenta e inexorablemente del cielo lleno de nubes, plateado, podría decir. La fría noche se acercaba y yo no sabía de qué clase sería.

 Después de haber pasado el delicado momento de pedir levantarme de la mesa de los oficiales de guerra, me alejaba por los pasillos del famoso y reverenciado castillo de Martel. Así pues, mi intención no era tomar el aire ni mucho menos. Cuando se había levantado de su mesa, había notado la triste sombra en los ojos de Martel. Había sido parecida a aquella que había visto durante su abatimiento en el momento de enterrar a los caídos en la batalla. La gente olvidaba los malos recuerdos y celebraba el banquete más grande jamás visto… para celebrar el triunfo en Poitiers.

 Me vi repentinamente arrancado de mis pensamientos por unas pisadas apresuradas, que parecían no tocar apenas el suelo. Tomé uno de los pasillos secundarios y me oculte de la forma más sutil posible, tras una columna de piedra tallada. La figura se asomó, miro a ambos lados y prosiguió su camino a pasos agigantados. Agigantados –pensé. Solo podía ser él. Su forma de avanzar, su impaciencia…

 Corrí hacia el pasillo principal de la forma más silenciosa que mis sandalias de cuero negro me pudieron permitir. Observé que Carlos giraba hacia su diestra y supuse que se dirigía a su torreón.                                                                                                                                                                                             

 Después de seguirle, llegamos a las escaleras del torreón. Yo no avancé más; sabía que no tardaría mucho en bajar y descubriría que había hecho durante su instancia en sus aposentos. Me quedé sumido en mis pensamientos hasta que volví a escuchar el muy repetido sonido de las pisadas. Con celeridad me volví a esconder. En cuanto Carlos pasó y lo perdí de vista, comencé mi ascenso a las alturas del torreón. Llegué a la zona más alta y encontré los aposentos de Carlos Martel. Bajo la rendija de la puerta, se apreciaba una tenue luz rosada que se entrelazaba intermitentemente con otra azulada.

 Me interné en los aposentos y pude que (para mi asombro) se encontraban como siempre. Excepto… excepto por el objeto esférico que se encontraba envuelto en un manto negro y que volvía mas opaca la verdadera brillantez del objeto. Como suponía, al retirar el manto que lo cubría, el brillo se hizo en gran medida más intenso. Cuando descubrí que era aquello, sólo pude quedarme observando. La esfera brillaba con luz propia. Se encontraba dividida en dos partes: una azul y otra rosa. Sin darme cuenta, fui embelesado por el objeto y cuando me quise dar un aviso a mí mismo, mis manos tocaba ya la zona rosácea. Mi cabeza se quejó; deje de ver durante unos segundos y…

 

 Roncesvalles. Hombres a mi izquierda y a mi derecha. Grito. Ellos también gritan. Un ejército de invasores aparece ante nosotros. Mi corcel relincha y todos nos abalanzamos hacia ellos. Ensarto la espada en varios. Vuelvo a gritar, pero ya no me escucho… Oscuro de nuevo.   

 Un gran sultán que me mira. Nos hemos batido en duelo, pero él ha sido derrotado. Lo dejo caer. Al sultán se le cae un bulto negro que brilla. Lo desenvuelvo…

 

 De nuevo sentí como mi cabeza sufría, y me mareaba. Aparecí en os aposentos. Estaba sudando y en el suelo, así que me levanté y me alejé de la esfera. Mi cabeza daba vueltas entre los recuerdos, en busca de algo que pudiese explicar aquel mareo y aquellas visiones.

 Así que mi pobre cabeza sólo hizo que recordarme todas y cada una de aquellas imágenes, aquellos “sucesos”. En una de esas imágenes me había visto a mí mismo levantando el estandarte Martel. Así pues era como si hubiese retrocedido en la enredada cuerda que es el tiempo. Llegué, no muy pronto, a la conclusión de que la magia y la hechicería se encontraban de por medio. Porque aquella esfera me había hecho repetir toda y cada una de las fases de la batalla, con una diferencia, en la piel de Carlos Martel. Y aquella ultima escena, la del sultán, parecía ser muy importante ya que se había visto con mayor nitidez. Puede comprender que Carlos había recogido la esfera y la había guardado. Pero, todo lo que había visto, no tenía nada de relevante para Carlos Martel. ¿Qué podría haber visto? Tal vez Carlos había tocado la zona azulada. Acerqué mi mano lentamente. Al fin y al cabo sólo sentiría un ligero dolor…

 

 De nuevo, todo negro. Me pregunto que veré ahora  pensé rápidamente, justo antes de que la nueva escena apareciese ante mis ojos. Estaba en los propios aposentos de Carlos Martel y en ese momento, me volví a ver a mí mismo. Quitaba la mano lentamente de la esfera, y entonces, la puerta se abría y aparecía Carlos Martel. Desenvainaba su espada y desataba su furia sobre mi cuerpo, mientras yo me daba la vuelta. Un resplandor. Aparezco ante el féretro de Carlos Martel en el momento de la procesión. Resplandor. Aparece Carlos… ¡no! Ésta vez no es él. Tal vez su nieto. Una gran corona desciende sobre su cabeza. Hubo más resplandores, que me fueron mostrando la destrucción, la muerte y la traición. La división del imperio que Carlos Martel planeaba levantar, transcurría rápidamente ante mis ojos. ¿Esto es nuestro futuro? me decía preguntaba constantemente.

 

 Mi cabeza vuelve a sufrir. Creo que no me encuentro muy bien. De nuevo en los aposentos pero esta vez recordaba lo que vi. Lo suficiente como para desenvainar mi espada y  proteger mi cuerpo de la arremetida de Carlos.

 - ¿Qué has visto traidor? -me siseó-. 

 - Lo necesario como para comprender tu dolor Carlos. Todos tus planes, tus batallas… sabes que no lo conseguirás.

 - Puedo desafiar al destino. Puedo hacer que todo eso no ocurra. De la misma manera que tu has conseguido que no te mate, yo podré evitarlo.

 - En aquella visión no se descubre si tu espada me alcanza.

 -¡No me lleves la contraria!¡Basta ya! –me grito.

 - No quiero hacerlo Carlos…

 Carlos Martel arremetió contra mí con todas sus fuerzas. Cuidé todos mis puntos débiles, mas no quise agredirle.

 - ¡Defiéndete cobarde! –volvió a gritarme.

 Y comenzando otra arremetida me empujó al exterior de sus aposentos. Pude soportar su potencia hasta llegar al final de los escalones forrados de tela marrón. Fue entonces cuando ocurrió una de las peores cosas que podían suceder. Un guardia se asomó por una de las esquinas. Me miró inmediatamente.

- General… ¡Oh, Majestad!

Me sorprendió que el guardia llamase a Carlos majestad. Solo era un gran noble, pero no rey.

- Rápido soldado, tu general quiere matarme, defiéndeme por tu honor –vociferó Carlos Martel.

 El soldado, lanza en ristre, cargó sobre mí. Esto no puede ir peor –pensé para mis adentros. Realicé algunas maniobras que me permitieron escapar (prefiero no mencionarlas ya que hubo un carísimo jarrón de una dinastía ostrogoda de por medio), y corrí sin una dirección concreta. A medida que pasaba el tiempo, algún que otro guardia se unía al que había comenzado la persecución. Pronto llegué a uno de los balcones del gran castillo. Ya no quedaba más remedio que darme la vuelta y afrontar lo que tenía tras mi espalda. Tres guardias me acosaban con sus lanzas. Yo paraba y esquivaba todos sus golpes. Y fue entonces cuando ocurrió otra de las peores cosas que podían suceder. Un de los guardias cayó de rodillas, sangre roja, espesa, que llegó hasta mis pies. Y durante mi visión de aquella improvisada “cruzada escarlata”, los restantes dos guardias me cogieron por mis brazos y me quitaron la espada a grandes esfuerzos dejándome indefenso e inmovilizado.

 -¡OH! Solo has hecho que probar tu traición –dijo suavemente Carlos Martel.

 -Los dos sabemos quien es el traidor al futuro imperio.

 Sentí como la fuerza con la que era sujetado, disminuía lentamente. Parecía que, después de todo,  me creían.

 -¿Estáis atontados? ¡Sujetadle fuertemente! –Proclamó Carlos –Serás decapitado en los primeros instantes del amanecer.

 Fui arrastrado por los dos guardias hacia los calabozos. Y en ese momento decidí que sería hecho saber a todos la locura de su soberano. Los soldados me empujaron al interior del calabozo. Grité:

 -¡Pluma y papel para un padre que quiere escribir su testamento!

 Rápidamente me atendieron. La pluma y el papel se me fueron entregados y yo comencé a escribir esta crónica (y el testamento, por supuesto), para que tanto si me salvase de la muerte o no, todo el mundo conociese la verdad. Que la Luz sea informada y juzgue como es justo”.

 

Firmo con mi puño y letra: General Mandros

 


 

 

 

 

Flores para la Quinta Avenida.

  

Por Aida García Fernández-Tablón (2º Bachillerato)

Concurso literario (2007)

1º premio. Narración Corta Nivel III

 

Son las 2 de la tarde, y en una pequeña buhardilla suena el teléfono. Una mano aparece misteriosamente  de entre una maraña que parece ser un edredón y lo agarra torpemente:
           
— ¿Sííí?

             —Elena, soy yo mamá, recuerda que mañana es la cena… ¿aún estás en la cama? ¡Pero quieres hacer el  favor de levantarte! ¡Ay nena, siempre durmiendo! No hago carrera contigo, de verdad.

            — ¡Mamaaaaá...!

            —Bueno, parece que tu cabecita ya empieza a ponerse en marcha… Recuerda: mañana a las diez, y no me seas impuntual.

             —Sí, mamá…adiós, te quiero

            —Y yo, cielo, y yo.

            “Elena arriba, venga que tienes muchas cosas que hacer…, ay, no, cinco minutitos, lo juro, en cinco minutos me levanto”

            Elena era una chica de veintisiete años. Vivía en el casco antiguo cerca del parque de los Lirios, un pequeño parque con un estanque en el centro, alrededor del cual solía haber puestos de flores y libros viejos.

      A Elena la encantaban los libros viejos, ya fuese por sus portadas desgastadas o por las historias que relataban siempre. Le pareció que tenían un poco de magia que los hacia especiales. Por supuesto, no podía evitar el no acercarse por allí todos los domingos y llevarse uno para leer durante la semana.

            Su puesto favorito era el de un viejecito, el cual tenía unas historias realmente preciosas y una agradable conversación, llena de locuras y tonterías de la edad, según la mayoría de la gente, pero muy entretenidas e interesantes para Elena, que siempre dedicaba un gran rato a escucharlas.

            Cuando se levantó, Elena se dirigió al parque en busca del puesto de libros. Unas veces lo encontraba a la primera, otras veces se volvía loca dando vueltas, intentando encontrar el puesto.

            El viejecito nunca se ponía al lado del estanque como el resto de los vendedores, sino que solía pasear con su carro lleno de libros de un lado al otro, o simplemente se sentaba en un banco a releer tranquilo alguna de las obras que con mucho amor había guardado desde su juventud y de las cuales ahora se veía obligado a deshacerse para ganar algo de dinero, aunque el negaba su falta y siempre le decía: “Elena, cuídalo bien, no te vendo un libro cualquiera, sino una historia escrita ayer hecha para que sueñes mañana, y no olvides mis palabras por que un día lo haras”

            Esta vez lo encontró cerca de un puesto de castañas que en esta época del año estaba cerrado, era una zona bastante tranquila con un banco calentado por el sol de abril. Cuando Elena llegó al puesto un joven acaba de marcharse.

            —Buenos días, pequeña, creí que no vendrías hoy a verme.

            —Ya sabe que siempre vengo, pero hoy me levanté un poco tarde…—Elena y el viejecito charlaban alegremente mientras ésta  buscaba un pequeño libro que había visto el domingo anterior, pero que decidió dejarlo para esta semana, ya que siempre compra un libro de cada vez—… y ¿Flores para la quinta avenida?, un libro pequeño que tenías por aquí la semana pasada de color  marrón…

 —Sé cuál dices y cómo es. Recuerda que estos libros son míos y que me los he

leído miles de veces; pero... ¿lo querías por algo en especial?

            —Lo había visto la semana pasada y me había llamado la atención, pero como me lleve el de Sueños de gata decidí cogerlo hoy.

            —Pues se lo ha llevado aquel joven. La verdad que si lo hubiera sabido…

            — No pasa nada, me llevaré éste.

            — ¡Cómo no, muy buena elección!

            Después de comprar otro libro y pasear un poco por el parque, Elena se dirigió hacia su casa. Los domingos son el día de descanso, el día antes del queridísimo e infernallunes. 
           
Para su sorpresa, cuando regresaba a su casa vio al joven, que tenía su libro, entrando en una panadería. La verdad es que tenía bastantes ganas de leer aquel libro, sobre todo desde el momento en el que se enteró de que no podría leerlo. Por ello se armó de valor, cruzó la acera y entró decidida en la panadería, dispuesta a intentar persuadir al joven de que le vendiese el libro.

            Realmente el asunto no salió como ella deseaba. El chico también estaba interesado en aquel libro, pues llevaba ya un tiempo intentando encontrar un ejemplar. Esto hizo que Elena se sintiera realmente mal por no haberlo cogido la semana anterior, y porque, si antes deseaba leerlo, ahora se moría de ganas; pero no había nada que hacer, así que se dirigió a su casita, se leyó su nuevo libro viejo y como tampoco era muy grande aquel libro, el resto de la tarde-noche se la pasó viendo alguna de las películas que pasaban en la televisión.

            Otra vez ya era lunes, y aquel horrible ruido del despertador hacía ver que ya eran las seis y media de la mañana. Aunque a nadie le gusta madrugar, hay que admitir que en primavera cuesta un poquito menos, pues a las seis ya esta amaneciendo, y el sol entra por la ventana inclinada de la buhardilla. Parecerá una  tontería: el sol disfraza los lunes dibujándolos de una manera más liviana.

            Después de unas tostadas y un café, Elena se dirigía caminando a su despacho. Trabajaba en un periódico local, y aunque ella no escribía nada, era la encargada de todo lo relacionado con la publicidad que aparecía en el periódico y en el magacín de los  jueves. Le gustaba mucho su trabajo y aunque para crear y colocar la publicidad correspondiente en el periódico tenía que seguir ciertas pautas estipuladas por los que decidían colocar un anuncio, siempre le quedaba un pequeño margen para su imaginación y su propio diseño.

            Pero este lunes, sí iba a ser diferente y no porque hiciese sol, sino porque entraba gente nueva a trabajar en la oficina, debido a que el periódico había decidido tener un mayor alcance, no solo a nivel local, sino  también porque pretendía abarcar los pueblos de la zona. Para ello necesitaba hacer una nueva sección dedicada a los pueblos.
           
Para sorpresa de Elena no solo habían contratado a gente nueva, sino que su antiguo jefe, que llevaba un mes de baja, había sido sustituido por el indeseable joven que el día anterior no le quería vender el libro. Estos son los inconvenientes de vivir en un lugar tan pequeño…el mundo es un pañuelo y aquello no debía llegar ni a ser ni un minúsculo reducto.

            —Buenos días —dijo Elena nada mas llegar—, yo soy Elena, y soy la encargada de la publicidad. Por lo que veo, tú eres el que coordinará la sección de anuncios y publicidad ¿no?, vamos, mi jefe.

            —Sí, eso parece. Tú eres la chica de ayer, ¿verdad?

            El chico, aunque detestable en aquellos momentos por lo del libro —no es por ser rencorosos, pero ella lo había visto antes y sentía que se lo habían quitado de las manos—, era un joven muy apuesto y parecía bastante encantador. Tenía una sonrisa bastante peculiar e intrigante, unos ojos azules muy bonitos y … pero no,  tenía su libro…

— ¡Huy!, No hay pocas chicas ni nada…

—Sí hombre, la de la panadería

— ¿Ah,  pero era usted? Vaya despiste si no me lo dice ni me doy cuenta -sonrió dulcemente, aunque se apreciaba la falsedad.

—Bueno, Elena, ha sido un placer. Espero que no me odies por lo de ayer – bromeó afablemente.

            Sabía que la chica realmente deseaba el libro. Había insistido bastante, pero él llevaba mucho tiempo detrás del libro.

            —Me llamó Julio y espero que durante el tiempo que esté aquí todo vaya bien. Si necesitas cualquier cosa… no lo dudes.

            —Gracias, muy amable por tu parte. Lo mismo digo.

            Elena se pasó gran parte de la mañana en su mesa diseñando, colocando y revolviendo papeles. No paraba quieta ni un segundo, pero todos los días eran así desde que su jefe se había quedado de baja, pues tenía que encargarse en gran parte del trabajo que él realizaba hasta que encontrasen un sustituto. Como ya  lo habían encontrado, pretendía poner las cosas  un poco al día y recuperar su antiguo ritmo.

A las 9 y media pasadas, como todos los días, cogió su bolso, un par de carpetas y se dirigió al ascensor, Julio la alcanzó cuando este ya se estaba cerrando y bajó con ella. “Ni queriendo le pierdo de  vista”, pensaba para sí Elena. Lo cierto es que le daba mucha vergüenza, después de la escena que había montado el día anterior, cuando aún desconocía que él sería su jefe.

            — Oye, Elena, ¿tienes algo que hacer?

            — La verdad es que…—la pregunta le había pillado desprotegida, no sabía qué responder, ni tampoco muy bien a qué se refería—…quería poner un poco al día algunas cosas y ya que estás tú aquí ya no tendré tanto que hacer.

            — ¿Y es muy urgente? —pregunto tímidamente—. Esto me da un poco de vergüenza pedírtelo, pero es que llegué hace poco a la ciudad y con las prisas y todo ando muy perdido. Mis cosas no llegan hasta el miércoles y desde el sábado por la noche llevo comiendo bollería y comida precocinada de la tienda de abajo. Creo que si no pruebo algo decente me voy a morir en breve, y por eso necesitaba que me dijeses donde puedo encontrar alguna tienda adecuada. Estuve mirando y no encontré ningún supermercado ni ninguna gran superficie…

            —Es que aquí no hay grandes superficies. El hipermercado más cercano está a veinte minutos en coche. Sólo puedes acudir a tiendas pequeñas de barrio; pero, claro, los fines de semana cierran, porque está el mercado que viene con los productos de los pueblos de los alrededores.

            —Con razón no encontraba yo nada.

            —Pero a estas horas ya debe estar todo cerrado.

            — ¡Vaya! Era de suponer. Bueno, gracias… prometo sobrevivir un día más.

            Elena estaba hipnotizada por aquel chico. No sabía lo que le sucedía. Realmente se repetía a sí misma que lo odiaba, pero sentía una atracción tan fuerte hacia a él, que ya puestos con el ridículo que había hecho el día anterior, por qué no intentarlo. ——Oye, espera —el ascensor ya había llegado al bajo y Julio lo había abandonado—, algunos lunes solemos hacer cena familiar y con amigos en casa de mi madre. Casi siempre voy con una amiga pero está enferma estos días  y no va a venir.

            En realidad era casi seguro que su amiga  ya estaría allí, ayudando a Ana, su madre; pero no quería que le pareciese violenta la situación.

            —Si quieres puedes acompañarme. Mi madre es una gran cocinera y nos lo pasamos en grande…

            —No sé, sería demasiada molestia… y…

            — No, en serio que no. Federico ya vino alguna vez.

            Federico era su jefe, el que estaba de baja.

            —Y por la comida no te preocupes, mis padres tienen un restaurante cerca del río, no es molestia de ningún tipo… pero como quieras.

            — Pues la verdad que tiene muy buena pinta, y creo que por no volver a probar sopa de sobre, al menos por una noche, me apunto a lo que sea.

            Y dicho y hecho: la cena fue realmente divertida, como todas las que preparaban. Elena presentó  a Julio a sus padres y amigos más cercanos. Al terminar Julio se ofreció para acercar en coche a Elena. ¡Qué menos podía hacer! Con seguridad había pasado una cena increíblemente divertida y sabrosísima, y qué decir de las vistas, el río con los arbolitos,  los edificios reflejados en el agua debido a la luz de la luna…. Vamos, de película.

            — Es aquí, en la Quinta Avenida…

            — ¡Anda,  qué casualidad! Como el libro…

— Eso parece.

— Pero en el libro la joven vive en una casa antigua y un poco dañada por el tiem…

            — No hace falta que me destripes el libro —bromeó Elena.

            Ya no le odiaba. La atracción había superado el que le hubiese quitado su libro aquel domingo del carrito de libros viejos…

            — Lo siento… aunque me recuerdas mucho a la protagonista.

            — Pues no será por la mansión, por que yo vivo en la buhardilla de este edificio.

—¡ Jajajá ! Bueno, ya lo sabrás… nos vemos mañana.

— Gracias por acercarme – dijo mientras se bajaba del coche.

— Gracias a ti, Elena.

— Oye – le llamó antes de que arrancase - ¿no podrías dejarme el libro…?

—¡Claro que te lo dejaré!, pero cuando ya no te acuerdes de él… —respondió con una leve, pero triste sonrisa, mientras se alejaba en coche por la avenida.

Elena se quedó atónita, observando como poco a poco el coche se difuminaba con la bruma de la noche hasta desaparecer entre ella. Nunca se hubiese imaginado una respuesta parecida, ¿sería tal vez una excusa para no dejárselo?

Los días fueron pasando. Llegó algún que otro domingo, en els que sola o acompañada por Julio, Elena buscaba en el parque al viejecito para comprar un nuevo libro. Los días, las tardes y sobretodo los domingos compartidos hicieron que la relación entre ambos fuera en aumento, hasta el punto de hacer estallar aquella llama que con mayor o menor conciencia ardía desde el primer día que se conocieron en sus corazones.

Todo aquello parecía un sueño. Jamás se hubiera imaginado algo tan bonito y perfecto. Detrás de abril llegó mayo: aquel había sido el mes más feliz de su vida. Algunas mañanas Elena se despertaba con temor de que todo hubiese sido soñado, pero mirando el techo de su habitación, mientras aún  permanecía enredada entre su edredón se decía: “Si esto ha sido un sueño, me alegro de haber sido la protagonista”     .

Los sueños pueden ser de mil y una maneras, al igual que ocurre con los libros. Unos nos encantan y nos pasaríamos horas y horas leyéndolos; con otros, sin embargo nos cuesta hasta seguirles el ritmo e incluso encontrarles la magia. Pero los sueños al igual que los libros tienen un inconveniente: en algún momento se terminan.

Era domingo y ya había trascurrido bastante tiempo. El sol brillaba en los charcos de la calle tras una noche de tormenta. En una cafetería cercana al parque, Elena compró un par de cafés. Era muy temprano y aunque ya brillaba el sol, aún quedaban restos de la fría noche, y un buen café siempre venía bien para calentar el cuerpo. Había cogido dos con la intención de compartir uno con el viejecito de los libros Sabía que le encantaba el café de aquella cafetería, pues más de una vez le había hablado del riquísimo café que hacían.

Elena se pasó largo rato buscando el carro de los libros, pero no lo encontró. Preguntó por él a los demás vendedores, pero nadie le había visto. En un último y desesperado intento, Elena volvió a acercarse al banco junto al puesto de castañas, pues últimamente lo encontraba allí sentado por ser una de las primeras zonas donde calentaba el sol cada mañana. Nada... vacío… no sabía donde podría haberse metido. Cuando llegó al banco se dejó caer en él. Los cafés ya estaban templados, casi fríos.

Elena se quedó un rato pensativa, observando el parque. Nunca se había sentado en aquel banco, pues siempre estaba lleno de libros y era imposible. No le extrañó que el viejecito siempre escogiese aquel sitio para pasar la mañana. Desde ahí, había una gran vista del parque. Podía ver el rincóne donde jugaban los niños, los hermosos árboles que había en el centro del parque e incluso, se alcanzaba a ver el pequeño estanque con el resto de puestos.

Permaneció un largo rato sentada. Cuando se levantó de aquel banco, se acercó a la papelera que había a su lado  para tirar los vasos de cartón donde un rato atrás había un delicioso café y ahora solo quedaban unos restos insípidos..

De repente un escalofrió invadió a Elena: en la tapa de aquella pequeña papelera de color verde estaba escrito su nombre. Rápidamente estiró la mano para abrirla. La curiosidad la había invadido de un momento a otro. Pero la papelera estaba vacía. Era de esperar: era una papelera. Elena sonrió y se quedó mirándola un rato atontada. En verdad, ¿qué era lo que esperaba encontrar? Quizás una rosa y un libro viejo como los que misteriosamente vio debajo del banco, cuando cerraba la tapa de la papelera. Había estado un largo tiempo sentada en el mismo lugar.

            Su corazón comenzó a latir rápidamente. Cogió la rosa y el libro Flores para la quinta avenida. Se sentó de nuevo en el banco y comenzó leyendo una dedicatoria escrita en la primera hoja, con una pluma de tinta negra y una letra que le resultaba familiar:

“Elena, cuídalo bien, no te vendo un libro cualquiera, sino una historia escrita ayer hecha para que sueñes mañana, y no olvides mis palabras por que un día lo harás”

            Elena recordaba las palabras del viejo, pero no quería despertar de su sueño.

 

 

 

 


Consintiendo el miedo

Por Violeta Alonso Mañanes

(2º Bachillerato)

Concurso literario (2007)

1º premio. Poesía Nivel III

 

Un papel consistente
que consiente el no traspaso
de la pluma a su regazo
atravesando su frente.

Era una idea evidente
pero aún sigue cerrado
el tercer ojo, morado,
desconocido, invidente.

Sólo sabes que sólo sientes
pero te trae sin cuidado.

Mala caída de un dado,
te da con el canto en los dientes,
los puntos parecen cariados
y las caras, una serpiente.

 

Arrepiéntete
o quemado dejarás

al flexo encendido,
al mar aturdido
y ondeado al viento…

-al destino-
pudiendo ser resuelto

por nadie que tú mismo.

No hay castigo más preciado
por el educador empedernido,

el engendrador encolerizado,
que el que levanta al caído

-sólo del error empujado-.

Peligro cauterizado.
Hemorragias: cero.
Riesgo, espero, terminado.

©19-03-07

 

 

 

 

 


 
 

El prófugo del verso

Por Samuel González Álvarez (2º Bachillerato)

Concurso literario (2007)

2º premio. Poesía Nivel III

Ya no recuerdo bien su nombre,

recuerdo su pálida cara y su larga melena.

Era un gran hombre,

pero un pobre alma en pena.

 

Él decidió dejar de lado la antigua métrica,

y comenzó solo su andadura,

así comenzaba un historia épica,

de soledad, de amor y como no, aventura.

 

Un día decidió abandonarlo todo,

y conocer lo que había más allá

cogió papel y pluma, y partió solo,

no sabía de ningún otro lugar, así que saltó la valla.

 

Verdes prados a su paso,

comía allá donde podía,

dormía al raso

y caminaba y escribía por el día.

 

Pocos entablaron palabra con él,

algunos lo llamaron loco,

sus únicos amigos fueron la pluma y el papel,

y fue criticado sólo por hablar poco.

 

Criticó a mucha gente y quiso a muy poca,

con sus escritos jamás buscó herir,

sólo resolver problemas de la época,

pero se convirtió en un mártir.

 

El tiempo hizo mella en su carecer,

la soledad fue su única compañera.

Escribía sobre la naturaleza y lo que ésta producía en su ser,

y como musa, sus Venus desnudada por la primavera.

 

Nunca quiso hablar de mujeres, ni de deseos,

quiso vagar en silencio y sin dejar huella,

por eso sus pensamientos fueron meros reos,

en la que yo considero la poesía más bella.

 

Describió su tierra y siempre la recordó,

era su cielo, la tierra donde todo era un sueño.

Su pluma la capturó para él solo,

para recordarla en su mente, donde era su único sueño.

 

Lo llamaron loco, sin nombre, sólo quedó mote.

Dijeron que luchó contra gigantes,

cual si fuera Don Quijote,

pero se negó a ser igual a la creación de Cervantes.

 

 A su paso encontró muchos escritores,

pero sólo retrató a uno con su tinta,

con los mismos pensamientos y temores,

y en definitiva de su misma quinta.

Fue el único que logró conocer algo de este prófugo

que huyó de la cárcel que otros consideraban ciudad,

y por el temor de autodestruirse se fugó,

buscando apartarse de la sociedad.

 

Poco tiempo puedo estar con su compañero.

Una noche fría decidió que ya no podía luchar.

Su cuerpo yacía junto al río, y cual  marinero,

emprendió camino hacia el mar.

 

Escribió durante un tiempo, sobre su compañero, su amigo.

Más tarde quiso volver a fundirse con las playas, las montañas, los ríos,

Quiso emular a Gracilaso con su propio flor del Gnido,

pero pronto sus lamentos se tornaron en delirios.

 

A su paso por pueblos veía a todo tipo de gente,

de todo tipo, y costumbres.

Eran pueblos alejados de la sociedad de su mente,

situados en valles, y en cumbres.

 

Se reía al ver a los niños contentos,

era un risa floja.

Al instante lo escribía, pero al no querer expresar estos sentimientos,

al momento lo tachaba de su hoja.

 

Proseguía su camino,

solo y sin provisiones,

este solitario peregrino,

Continuó con sus poemas y canciones.

 

Seguía sin saber dónde ir, desconociendo su rumbo.

Ya nada le entusiasmaba como antaño,

sólo pretendía dejar pronto este mundo,

que le había hecho tanto daño.

 

No había musa real a la que recitar cada poema,

temía morir sin compañía

la soledad se convirtió en su único tema,

y su vida en melancolía.

 

Una noche, mientras escribía, cansado de todo,

decidió acabar con su vida, por ello se cortó las venas,

dando fin al escritor que siempre estuvo solo,

y acabando por fin con sus penas.